El granero del mundo

Eran las ocho de la mañana, la ansiedad y los nervios hacían galopar los corazones de los pacientes familiares, amigos y curiosos que no quitaban ojo del horizonte esperando ver aparecer al gran barco de vapor. Como un fantasma atravesó ese manto de neblina y cientos de manos se agitaron desesperadas buscando complicidad del otro lado. El gran viaje había llegado a su fin y comenzaba para ellos, los emigrantes europeos, un nuevo desafío. Hacer la América.
Entre todos ellos, tres emigrantes europeos pisarían suelo argentino en distintos momentos de sus vidas.
El, Francisco Paparatto, mi abuelo materno, nacido en 1903 en Joppolo, Calabria, descendió de ese barco a los 18 años, corría el año 1921, pero dos años mas tarde debió retornar para cumplir con el servicio militar obligatorio. Una casona en el capitalino barrio de Devoto, en la cuidad de Buenos Aires fue el lugar de encuentro para él y muchos otros familiares que llegaban desde Italia. Argentina lo volvió a recibir pero esta vez para siempre dejando atrás una hermana, Antonia, y sus padres, Sabatino Paparatto y Mariana Falduto, quienes nunca mas lo volverían a ver. Francisco había encontrado en el volante de un taxi su profesión definitiva.
Ella, Ana Ragadali, mi abuela materna, nacida en 1909 en Catanzaro, Italia, llegó a esas tierras australes con 12 años en compañía de su madre Anunciata y sus hermanos menores Rosa y Nicola. Su padre, Roque Ragadali los esperaba desde hacía algún tiempo en Buenos Aires, donde vivía con Concepción, una hija de su anterior matrimonio
La vida los juntó y los casó cuando él tenía treinta y cinco años y ella dieciocho, no por elección sino por imposición de sus padres, que buscaban su bienestar económico, sin pensar demasiado si era lo que ella realmente quería, costumbre que hoy día parece mas de la edad media que de principios del siglo XX.
Otro italiano, éste de Bologna, arribó a esas tierras prometedoras, en busca de aquello que su país no le dio. Jornalero, nacido en 1863, dueño del apellido que hoy llevo con orgullo, era Guiseppe Benedetti, mi bisabuelo.
Argentina del 1900, tan lejana como misteriosa, tan atrayente, tan seductora. Una Argentina próspera creciendo a pasos agigantados gracias a sus miles de kilómetros cultivados y por cultivar, gracias a su capacidad de vender gran parte de lo producido a una Europa sumergida en una gran crisis y a las puertas de una gran guerra. Mirando las fotos de esos valientes y desesperados emigrantes, me veo reflejado en ellos, siento en mi propia piel lo que sintieron ellos, el desarraigo, la incertidumbre de lo que vendrá, el miedo a no volver a ver mas la tierra que te vio nacer, no volver a ver a tus viejos, a tus amigos de siempre. Tres generaciones después y tras ochenta y un años me tocó a mi hacer el viaje a la inversa, esta vez no en barco pero cruzando el mismo Océano. La historia continúa, no en mí sino en mis hijos o en los nietos que algún día tendré. Ellos contarán su propia historia que no es más que la continuación de ésta, las de cuatro generaciones con raíces italianas.
me encanto!!!
ResponderEliminarUsted puede contar su historia, linda, maravillosa y vuestros hijos la continuaran, pero yo, me siento decepcionado al no poder cumplimentar la mía, mi Abuelo Nicolas Cerrutti (no tengo otros datos) también fue un inmigrante Italiano pero desgraciadamente no poseo otros datos ni donde averiguarlo ya que perdí a mi padre (argentino, el) cuando aun para mi era muy primitivo hacer preguntas (o sea, niño.-gracias y a continuar
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